[...] En una disposición del testamento se ordena que se de a cada una de ellas (sus hijas) cien ducados de por vida y que después del fallecimiento de la primera, sus cien ducados pasen a la que quedase viva [...] En el caso de que faltasen descendientes de ellos que quisiesen ser monjas, ese dinero sería para casar doncellas de nuestro pueblo.[...]
Autor: Juan Bedmar González